miércoles, 25 de mayo de 2011

ESA MAÑANA

Desperté muy temprano con la seguridad que detrás de mi ventana estaba aconteciendo una batalla histórica entres oscuros y claros, que bien podía afectarme y con susto y cuidado me deslice por la pared aun sobre mi catre de hierro color verde oxidado, para ver.
Yo que apoyaba a los oscuros los imagine a la derecha del campo, portando cada uno un arco y una flecha amarilla cerca de unos matorrales brillantes, a la izquierda estaban los claros con sus sombreros puntiagudos de metal. Un claro de nariz perfilada y barba roja, extendido su brazo hacia mi derecha y me hizo pensar que todo estaba decidido, los oscuros estaban jodidos.
Cuando termine de deslizarme por la pared hasta la ventana, lo que pude ver me ocasiono un terrible estremecimiento, no lo podía creer, parpadee varias veces, me sujete a los bordes de la ventana con fuerza para asegurarme que todo era real y no estaba soñando. Detrás de mi ventana no había un campo de batalla en el que combatían claros contra oscuros entre matorrales. Lo que había era una calle desolada por la cual transitaba un señor canoso con un periódico en la mano frente a la carnicería de los portus de la esquina.
Yo vivía en ese entonces en el bloque 2 de Artigas en el piso 10, desde el cual se podía visualizar una gran montaña al fondo, que juraba era el Ávila (años después supe que era montalban, yo aun no lo puedo creer), a mi izquierda estaba hospital militar en cuyo estacionamiento los cadetes hacían ejercicio y que yo solía ver con gran morbo, al frente había una iglesia, una pensión de ancianos y mendigos de unos tres pisos, y una gran edificación que pertenecía a la iglesia, en la cual vivían chicas precoces, a la derecha estaba la yaguara. Y entre la gran montaña y la Calle G estaba la avenida san martín y una infinidad de techos de casas, edificios y galpones.

Tenía 5 años, y era la mañana de un 12 de octubre de 1492.